domingo, 18 de septiembre de 2016

LA PANCHA Y LA LIBERTAD DE MERCADO



 Los relatos fantásticos que componen esta colección se sitúan en los Valles de Tafí, Tucumán, corazón de la Patria  Argentina. La autora de estos relatos tiene la suerte de vivir en El Mollar. Desde la Casa del Quetupí,  se atreve a contar lo que sueña a veces en uno de los lugares más bellos del planeta. Ni falta hace que se diga que cualquier parecido con hechos y personas, es mera coincidencia.Por las dudas: todo es ficticio y cualquier parecido con la realidad es producto de las elucubraciones del lector, ya que la autora considera que todo lo que vivimos es casualidad pura. 


                 Era viernes, día en que suelen caer visitas.
               Juan llegó en el colectivo de la mañana, casi de madrugada, en medio de una lluvia que amenazaba con no parar.
              Se imponía ir a buscar tortillitas o bollo caliente para iniciar el día como Dios manda, razón por la cual ha creado las tortillas, los bollos, el mate, los panaderos y sus panaderías. 
Como la de Don Modo, siempre abierta y siempre bien surtida.
              A pesar de lo temprano de la hora, ya estaba allí la Pancha, mujer flaca y amarga, siempre llena de extravagantes ideas que, eso sí,  pone en práctica porque no le gusta pensar al cuete. Se estaba llevando un bollo común, otro con chicharrones y medio kilo de yerba suelta. Hay panaderías que tienen todo lo que un ser humano necesita para vivir.
 -        -  ¿Cuánto es Don Modo? - preguntó la Pancha.
-         - Ciento dos, Doña Pancha. Cien, si no tiene los dos pesos.
-          -Eso es contando  los líquidos, no?
-          - Claro. Trece cada bollo, veintiséis la yerba y…
-          - Ya, ya. Tome, justo. Tengan todos buenos días.
-          - Gracias, igualmente Doña. Que sea con felicidad.
-          - Amén..- y se fue la Pancha con sus bollos, su yerba y sus misterios.
                Estaba el panadero cargando nuestras provisiones cuando Juan me pregunta qué fue eso de ‘los líquidos’ que ha pagado la Pancha, si no llevaba más que lo que vimos: dos bollos y un paquete de yerba.
                Don Modo le preguntó si era de la ciudad y si allá no hay libertad de mercado. Juan, sorprendido,  dijo que creía que sí. Y el panadero, con el vuelto, también le devolvió otra pregunta: “¿Es que no le han explicao como funciona eso a usté?”
-          - Ya le explicaré yo más tarde, Don Modo, no se moleste. En la ciudad parece que no pasan ciertas cosas.
-          - Mejor. Pero igual explíquele, la ignorancia no es cosa buena.
-          - Eso digo yo todos los días, Don Modo. Hasta más ver.
-          - Sea Doñita…

            Después de recuperar las energías gastadas en los sueños de la noche, me atuve a la promesa hecha, ya que romper la palabra con alguien dedicado a modelar el cuerpo de Nuestro Señor cada día podría  llevarme directo al infierno.
        -Lo que vos has visto que paga Doña Pancha, es por una parte de la lluvia que cae.
       -¿Qué? ¿Cómueseso?
       - Es comues. Ya te lo explico: parece que ella tiene fe ciega en la libertad de mercado y como es mujer que no puede parar de inventarse historias, se le puso en la cabeza que la libertad de mercado existe para ejercerla y que cada cual la ejerce como más gusta.
      - Uh… Pero está…
      - Sí, eso dicen todos en el pueblo.  Y como anduvo unos cuantos días recorriendo las despensas de la zona pretendiendo pagar la mitad de lo que le pedían por los víveres, sin conseguir otra cosa que endeudarse, se emperró en usar su libertad de mercado a como diera lugar. Entonces apareció un día poniendo precio a las cosas sin precio para poder pagarlas a gusto.
       - ¿Ycomueseso?
          - Un día paga por tres horas de sol, otro día por la lluvia que cae, por un rayo que se escuchó lejos, o se anticipa y se compra todos los truenos que han de oírse. Pagó casi doscientos pesos por un montón de nubes y después se recorrió toda la orilla del lago pretendiendo cobrarle alquiler por ellas a los turistas y los pescadores que se beneficiaban de a ratos con la tapadera de sol que, ya se sabe, a estas alturas,  te derrumba.
         -Faaa…  Csi no me lo puedo creer… ¿Y consiguió cobrar algo?
         - Casi. Uno que estaba medio machadito, por poco la faja. Los demás, la tomaban a risa. Ya viste que la Pancha no tiene aspecto feroz. Con esa largura flaca y esos ojos desorbitados, ¿quién va a tomarla en serio?  Pero pagarle, eso ya es otra cosa. Nadie le pagó nada. Ya se sabe cómo es el turista de estas épocas. No largan un centavo si no es por algo muy necesario...
       -Sí… Somos muy gasoleros.
        - Ejem… no te ofendas, chango, si uno lo entiende. La plata no alcanza para nada en estos días… El caso es que a la Pancha nadie le dio un peso por las nubes. Salvo una señora que creyó estar frente a una enferma mental que mendigaba. Le dio dos pesos viejos que tenía en el bolsillo y después fue a asentarlo en el Libro de quejas de la Comuna. ¿Podés creer?
       -Pst, si hay cada uno más de cuatro…
       - Pero el problema de esos dos pesos, es que fueron suficientes para que la Pancha estuviera varios días explicando en todas partes que tenía pruebas fehacientes de la existencia de la libertad de mercado. Su argumento era que cuando compró las nubes había un sol que rajaba las piedras, por lo que pagó un alto precio por un producto de escasa oferta. Luego, llegaron los turistas y subió la demanda. Pero que,  cuando las quiso vender o alquilar en el lago, había abundancia de oferta de nubes, por lo que se depreciaron y apenas obtuvo el uno por ciento de lo que había pagado por ellas… ¿Entendiste?
       - Creo que sí. Pero… está loca, no?
       - Quien sabe…  Hay economistas que sostienen las mismas teorías y los ponen a manejar el país. Y no veo que los  traten de locos.
      - Es cierto.
      - En ese sentido, la Pancha es persona muy digna. No hace más que practicar lo que predica y ojalá todos los que se dicen creyentes fueran tan consecuentes como ella.
     - Sí, es verdad… Falta coherencia en este mundo.
     - Ni que lo digas. El caso es que, volviendo a Doña Pancha,  se la pasa comprando cosas cuya oferta es mayor que la demanda. Y como ha llovido tanto este verano y la gente ya está harta de ver caer agua,   ahora compra lluvia porque supone que la abundancia debiera volverla más barata. La idea, dice, es guardarla hasta el invierno y venderla cara cuando llegue la sequía.
   - Pero si acaban de cobrarle como cincuenta pesos por… ¿cuánta lluvia? ¡Si no llevaba nada! Ni un balde, ni un sachet…¿Cómo se entiende? Es una estafa…
   -  Nadie entiende como mide ella lo que compra. Tal vez haya pagado eso por media hora de lluvia. O por un balde lleno que está en el techo y que pasará a buscar mañana. Nunca se sabe. Pero si no le cobran por lo que ella “compra”, amenaza con denunciarlos por agio, especulación, estraperlo, acaparamiento del producto. Y lo peor es que lo ha hecho.
   - ¿Ante quién?
   - Creo que llamó a la Defensoría del Consumidor para denunciar a uno que se negó a venderle siete litros de aire. Cuando el pobre hombre se defendió diciendo que su rubro era la carne de vaca, cerdo y a veces pollo, con anexo de chacinados, ella le sacó la cuenta que dentro de la carnicería había unos treinta litros de aire acumulados y que eso era acaparar.
     -Y?
     -Le pusieron una multa al carnicero... Ahora tiene un abogado que la está recurriendo. Los comerciantes del pueblo se reunieron con el Delegado Comunal para buscar una solución a la cosa y él les trajo ese letrado para que les ayude.
     - Y sí, no es para menos…
     - El tipo necesita ganar el caso del carnicero para sentar el precedente y terminar con el asunto antes que empiece el fenómeno de la imitación. Ya se sabe que la gente ve a otro comer aca y ya quiere salir a comerla.
     - Y hablando de eso, ¿nunca se le dio por…?
     - Siiiiií! También se metió con el aca! Aunque sea de no creer…  Al chanchero fue a comprarle. Y al pollero. Un día que andaba el camión estercolero y no se aguantaba el olor en el pueblo, considerando alta la oferta, supuso que la conseguiría barata y se largó en chancletas, como estaba, monedero en mano, a comprar aca. Exigía que se la dieran en bolsitas cerradas y pesadas. Cuando la vieron así, a los gritos en la plaza, algunos prefirieron cerrar las puertas de sus negocios una hora antes. Por las dudas. Porque a ella nada la detiene. Cuando el camión se fue, dejándola rabiosa y sin aca, se paraba frente a los negocios cerrados y les gritaba ‘Especuladores! Agiotistas! Apátridas! Atentar contra la libertad de mercado es atentar contra la patria!’. Y cosas por el estilo.

      - Ah, pero está reloca…
     - No sé qué decirte… Depende del criterio que uses para medir la locura. Es tan raro lo que hace… Y sin embargo hay una gran cantidad de economistas que creen en eso como en que piensan y luego existen... Lo que sí, hablando de locura, puedo decirte que no masca vidrio.
     - Ja, ja…
     - No, en serio.
     - En serio, ¿qué?
     - Que no masca vidrio.
     - Nadie masca vidrio! Es una forma de decir que alguien no es tonto, nomás. Loco, pero no tonto...

      - Ya lo sé, yo tampoco masco vidrio. Pero en el caso de ella, fue a las dos ferreterías del pueblo a comprar vidrio para mascar.
     - Ah…
     - Y por suerte no le vendieron.
     - Y no.
     - No creas que con ella es tan sencillo como eso. En una le dijeron que había faltante en el mercado y zafaron. En la otra le pidieron un precio exorbitante, basados en la escasa oferta de vidrio para mascar, lo  que ella misma les había comunicado al entrar. Estuvieron rápidos, que no?
    -  Ajá. Y entonces?
    - Para no soportar una de sus rabietas habituales, le ofrecieron una bolsa llena de bolitas, bolillas,  canicas chinas.... Esas,  con las que juegan los chicos en la tierra…
   - Sí, sí, entendí.
   - Parece que cada bolsita traía cien bolitas. Y en la ferretería quedaban unas diez bolsas, todas las que tenían en existencia. Se las compró todas. ¡Todas! Y una semana después se fue a venderlas a la puerta de la escuela.
  -  Mirá…
  - Sí. Ahora anda diciendo que les sacó el cien por ciento de ganancia. Según dice, porque al tener el monopolio de las bolitas, pudo regular el precio a su antojo. Todo el stock de la localidad tenía en ese momento. Estuvo refeliz por unos días. Al menos los comerciantes descansaron. Con semejante éxito, se dedicó a organizar conferencias en la plaza para los vecinos. Pasó tres noches explicando cómo funciona el mercado y qué hacer para ponerlo a favor de uno. Después empezó a llover y se le complicó un poco…  
        - ¡Qué bárbaro! ¿Quién iba a pensar que esa mujer…, no?
      - ¿Viste? Yo tampoco lo podía creer.
      -  ¿Le cambio la yerba al mate?
      - Y dale… No haya nada mejor que hacer…

       El silencio se enseñoreó de la habitación generando una oferta tan alta que no hubiera sido extraño ver llegar a la Pancha corriendo, billetes en mano, exigiendo que se lo vendiéramos al precio más bajo de plaza. Para evitarme un disgusto, lo destrocé:
       - ¿En qué pensás Juan?
       - Naaa… Qué se yo… En las cosas que ocurren en los valles.
       - Cierto, que no?


© 2016 Adriana Gaido-©Fotos: Rufino Mario Lucero - © 2016 Ediciones de la Casa del Quetupí, El Mollar, Tucumán, Argentina.

ISBN 978-987-42-1534-5

sábado, 17 de septiembre de 2016

SE VIENE LA REACTIVACION!

Se viene la reactivación del blog!
Qué?
Esperaban otra?
Paaaaaar faaaavaaaar!!!!
Se viene la reactivación del blog, a partir de mañana.
Otra cosa no está a mi alcance, comprendan...
Hoy hace exactamente seis meses que me mudé a este bello rincón de la Patria y, para celebrarlo, voy a comenzar a publicar los relatos que fueron escribiéndose a sí mismos en relación a personajes, lugares y sucesos con los que convivo a diario.


 Son un poco hijos de la realidad y otro poco, del ensueño.
No es mi culpa. Es la medicación.
Claro que puede que algunos resulten demasiado localistas, por lo que se aceptarán preguntas y comentarios acerca de la ininteligibilidad de los mismos que permitan aclaraciones, ampliaciones y demases que favorezcan el correcto conocimiento de estas hermosas tierras.
Otros son un poco largos, así que saldran en dos o tres veces.
Y en general,  son bastante fantásticos y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Pero en la vida, todo es pura coincidencia.

Las fotos de autor (Rufino Mario Lucero)  pertenecen a las tapas de las ediciones en papel, artesanales totalmente, que de a tres o cuatro vamos haciendo para complementar el puesto de artesanías con un cacho de cultura (Ediciones de la Casa del Quetupí, El Mollar, Argentina).
Hasta ahora, de escaso éxito la cultura.  Los turistas no quieren leer.
Prefieren comprar bellas piedras talladas.
Todo bien.  Todo queda en casa.

Estamos felices de estar aquí.
Estamos felices de todo lo que pudimos conseguir en un semestre  y no precisamente gracias a Prat Gay y sus boys:  diez relatos nuevos, bajar muchos kilos, sobrevivir una nevada intensa, poner un puesto de artesanías, mantener tres gatos, dar clases particulares a algunos niños, hacer nuevas amistades y ver por la ventana las flores de los manzanos, el lago y los cerros. 
Nosotros también nos rompemos el lomo laburando, eh? 

 

sábado, 12 de septiembre de 2015

El angel de la cornetita


(Foto de noticias de San Pedro o algún blog similar de noticias)
Voy a contar una historia para los que no son de San Pedro.
Los de San Pedro no la necesitan.
En mi pueblo supo haber un hombre extraño.
Se llamaba Iturbe de apellido. Roberto o algo así. Difícil saberlo, salvo el día de las elecciones (era muy radical, e hincha de Mitre, un club local famosos por las pasiones que supo despertar en sus fanas). En general, el resto de los días era Pototo.
Pototo usaba una cornetita para anunciar su paso o su llegada. En verano, vendía helados.
En invierno golosinas. En las puertas de las escuelas, sobre todo.

Lo recuerdo en la puerta de la ecuela N° 6, hace muchos años, siendo yo una alumna de tercero o cuarto grado,  muerta de miedo porque una gran tormenta se desató a la hora de salida y a mí nadie me venía a buscar. Todos se iban con sus padres o quién los llevara,  y yo ahí, bajo el alero de entrada, esperando, viendo llover bajo el viento huracanado.
Pototo, que se había guarecido también bajo el techito, me daba ánimos. "Ya van a venir, yo espero con vos, querés un caramelo? Un chupetín? Si no vienen, cuando pare yo te llevo hasta tu casa, no es problema, siempre que paró llovió". Cosas así, supongo, era su estilo. No recuerdo las palabras exactas, las imagino.
Finalmente, apareció mi papá en su Siambretta y nos fuimos bajo la lluvia.
Ese es el primer abandono que logro recordar (sé que hubo otros antes y después, pero cuando me dicen 'abandono', me salta ese recuerdo). Y sin embargo, Pototo estaba ahí. Pototo no te abandonaba! Pototo siempre está.
O estaba.
Después crecí, creo, y lo seguí viendo en los actos radicales,  muy feliz en el 83 Pototo, en los partidos de Mitre,  no sé, uno tiene imágenes dispersas e inventa un poco alrededor para completar el recuerdo, no es mala fe, es un intento desesperado de no perder lo que se ha sido.
En la puerta de la escuela N° 1 cuando llevaba a mis hijos, seguro que estaba. Eso sí.
Mi hijo Juan le ha escrito un pequeño homenaje que leí hace un rato y cuenta que tuvo el placer de comprarle un helado no hace tanto. Pero no para él, sino para su padre, el que tantas veces renegando como buen tano agarrado, había terminado aflojando frente a la presencia de Pototo. Esas cosas de la vida te pasaban con Pototo. Las importantes.
A la hora de entrar a la escuela, Pototo te endulzaba el mal trago.
A la hora de la salida, Pototo era el guardián de la libertad.
Por eso, cuando mi amigo Juancho Correa dice "Gracias por tanto, padrastro de todos!", da en el clavo.
Pototo era el padre de todos.
Vigilando siempre que las cosas anduvieran por el carril correcto, avisando cuando algo raro pasaba, conversando con todo el mundo, siendo cortante con los cargosos, alegre con los tímidos.
Un Papá Noel sin renos, dice Gabriela Leder Kremer, "pero más cercano y más humano".
Sí. Pototo fue (les cuento a los que no son de San Pedro), el tipo que estaba siempre ahí.
En la cancha y en la calle y en la puerta de la escuela.
Foto de algún blog sampedrino.
 Pototo no era un angel enviado por Dios. Lo hacía porque vivía de eso. Y lo hacía con garbo, con solemnidad, con sencillez, con elegancia, con dignidad de trabajador. Y así fue como se  fue convirtiendo en el ángel de la cornetita. Porque nunca fue un angel, sino que se tomó 89 años para convertirse en uno. Que es el modo en que se construyen los ángeles. Día a día.
"Si no les alcanzan las monedas, yo les doy igual", decía. Y era cierto.
 ¿Dónde está Pototo?, ¿Y Pototo? Ausencias que se hacían sentir. Las veces que por enfermedad o por lo que fuera, no aparecía, ¿dónde está Pototo? 
¿Y ahora?
¿Dónde está Pototo?
Seguro que debe andar vendiendo helado por ahí, vaya a saber dónde, dándole igual a los que no les alcanza. Los ángeles suelen andar cortos de moneda siempre, así que les resultará toda una alegría con su costumbre de fiar.
 El problema va a ser cuando aparezca el Pocho Lepratti con su ristra de angelitos desharrapados detrás a reventarle el carrito. Pero Pototo te resuelve todos los problemas: en las eternidades, todo es eterno y el helado también. Los chupetines  y las mielcitas, también. Y hay para todos. Se les fía a todos.

Para algunos, esta es una despedida. Una despedida para siempre.
Sería lindo ir donde él está y comprarle un helado de limón y chocolate.
Pero no todos vamos a poder.
 Algunos sí. Por suerte hay gente pa todo, dicen, y por suerte los hay que se encontrarán con Pototo.
A esos, que algunos conozco, les pido que le manden saludos de mi parte.
Él sabe. Nunca olvidaba una cara.
Si nos vio crecer a todos. No vio envejecer a todos. A casi todo un pueblo entero. ¿Quién pudiera, no?
Quién pudiera tener ese privilegio que se ganó Pototo con su carrito y su corneta.
A fuerza de pedal, el tipo pasó a la historia.

Fotomontaje de Lucas Diez
Si  cuando van a San Pedro notan que falta algo, están en lo cierto.
Faltan muchas cosas.
Pero por sobre todo, falta Pototo.
Pototo, el padrastro de todos.
El Papá Noel sin renos.
El resumen de todo lo perdido.  


 
(Para los que no son de San Pedro, les cuento que Pototo tuvo el buen gusto de irse el 11 de setiembre de este año, ayer, con 89 años bien vividos al servicio de la infancia y  las escuelas.Un maestro. Coherencia hasta el final.) 







miércoles, 12 de agosto de 2015

Por suerte ya se fueron



Todos ellos.
Encontraron agua en Plutón, y se fueron.
Creo que fue en tiempos de mi abuela que mandaron una sonda para ver cómo era la cosa. 
Desde entonces no han parado de  irse.
Lo primero que llevaron, cuando yo ni había nacido,  fueron  los generadores de atmósfera. Convierten el hielo en agua, lo enriquecen con otras sustancias y hacen aire. Dicen que no es tan respirable como el de la Tierra, pero en menos de treinta años pudieron armar una atmósfera que en la Tierra tardó millones en formarse. Parece que los rayos del sol ahora llegan reflectados por unos espejos que hay en el espacio y entran por entre las capas de aire de manera que resulta posible vivir en las colonias. 
Mucho no nos explicaron. Ahora ya no hace falta. Las descripciones acerca de las maravillas de la ciencia   más allá de toda frontera, llegaron hasta la época en que mi padre era un joven soñador; un poco más tal vez, cuando yo era niño.
 Él recordaba, antes de morir tuberculoso, que Ellos hablaban sobre la necesidad de contar con otro planeta listo para trasladarse,  por si éste colapsaba. Decían siempre que el sol podía lanzarnos rayos superpoderosos, que un meteorito podía dar vuelta el eje de rotación del planeta, que la contaminación iba a acabar con el agua, el aire y la tierra. 
Pero cuando yo era niño ya no era necesario que explicaran nada. Todos sabíamos que era imposible mover diez mil millones de habitantes a otro planeta. ¿Cómo? ¿Con qué? Empezó la resistencia y Ellos contragolpearon con una feroz represión. nos volvimos esclavos de sus necesidades de recursos. Todo estaba claro. Y aunque les dimos pelea, estaba claro que sólo se irían Ellos. Era cuestión de resistir y esperar.  Después de todo, si vamos a morir, da lo mismo que estén acá o no.
 Y si vamos a vivir, sin Ellos tenemos mayores posibilidades.

Cien años y un poco más les llevó organizar su traslado. Hay que reconocer que son empeñosos cuando se lo proponen. 
Dejaron devastada todo lo que estuvo a su alcance, que fue TODO: tierras, aire, océanos, no quedó un rincón sin pagar su tributo al sqqueo de recursos. Tenían que pagar la ‘carrera hacia los cielos’, que ya no era un match entre potencias políticas rivales, como antaño. No, esta vez era  una carrera contra las potenciales catástrofes cósmicas que Ellos preveían mientras las generaban.
Por suerte, desde que encontraron agua en Plutón, no pararon de lanzar naves con aparatos y gentes. Parece lógico: cada una tarda nueve años en llegar, no podían perder tiempo. 
Deben haber lanzado miles. Ninguna regresa. Ni falta que hace. No hay nada para traer de allá, todo está aquí para ser llevado. Todo, menos nosotros, los esclavos, las muchedumbres silenciosas, los que pagamos sus viajes, los que trabajamos para que pudieran pagarse los pasajes a la eternidad. Mierda que nos han explotado como nunca antes!
 Muchos de nosotros, un par de miles de millones tal vez,  cayeron en medio de esa locura por completar los preparativos de su partida definitiva en menos de un siglo. Pero aún así, seguíamos siendo suficientes para seguir trabajando. Demasiados para irnos a otra parte. Demasiados para que ellos resolvieran abandonar el proyecto y quedarse.  
Muchos quisieron colarse con ellos. Intentaron subirse a sus vehículos gigantes y armaron motines y revueltas. Pero sus policías robóticos estaban programados para asesinar a sangre fría a todo el que pasara los sucesivos vallados levantados alrededor de cada nave. Todavía hoy, casi cien días después de la partida de la última nave, estamos enterrando y quemando muertos. Por lo que sabemos, lo mismo ocurre en todas las naciones. 
Ese fue su último regalito antes de partir. Eso y  liberar el virus de la gripe española.
Aún así perdieron, según supimos por la internet, una nave-almacén, otra de defensa y una de traslado de especies. Esta última es la que me apena,  allí iban animales que están al borde de la extinción acá en la Tierra. Mala suerte. Ellos decían 'efectos colaterales', 'consecuencias no deseadas'. 
Nosotros decimos 'mala suerte'.

Hay gente que se queda porque no la llevan, porque no se puede ir. Son unos cuantos. Pero otros nos quedamos porque tenemos esperanza. Que sin Ellos las cosas van a ser mejores. Que vamos a poder comenzar de nuevo. 
Claro que han dejado sus huevos de serpiente. 
Eso lo sabemos. 
Todos esos zánganos que trabajaban para Ellos, matando y destruyendo a cambio de una vida cómoda, inferior a la de sus amos pero muy superior a la  del resto de los mortales. 
Gente que tenía sirvientes y va a pretender seguir siendo servida. 
Gente que derrochaba la energía y va a querer seguir haciéndolo. 
Gente que gastaba en lavar su auto lo que alcanzaba para dar de beber a un país entero durante un día.
Ahora es cuestión nuestra sacarnos de encima esos parásitos. Hasta aquí, nos hicieron creer que los necesitábamos. Ahora. las cosas están claras:  estamos condenados. 
No tenemos nada que perder. 
Tal vez un meteorito nos reviente las costuras y nos haga saltar por los aires como chispas. 
Tal vez la gripe, la tuberculosis, el ébola, dejen la cuarta parte de nosotros en pie. 
Tal vez sea necesario eliminar a todos los parásitos que no quieren dejar de vivir cómodamente a costa del trabajo ajeno.
Cualquiera de esas cosas ya ha sido profetizada por Ellos, los que se fueron, los diez mil, como hemos dado en llamarlos, aunque sabemos que no son diez mil, tal vez sean algunos más. 
Dejaron varios millones deseando ocupar su lugar:  a cien días de la partida,  todavía se matan entre ellos reclamando sucesiones inexistentes, puestos que no obtendrán, cargos sin sentido. Usan como ejércitos propios a los comandos de esbirros que quedaron a la buena de dios, que no pueden vivir sin un patrón que los mande a matar o a morir.
Hemos dado en llamar a esta etapa la de  la primera selección natural.
Sabemos que vendrá otra, mucho más aleatoria, en la que caerán muchos justos. La selección la harán los virus y las bacterias. Tal vez yo mismo caiga en ella y por eso me apuro a escribir esto.
Después, una vez  incinerados todos los muertos, los que queden podrán volver a empezar.
Sin ricachones que mantener.
Sin gerentes que obedecer.
Sin policías que soportar.
Los sobrevivientes abandonados a su suerte, los que quedarán después de todas las calamidades.
Viviendo. 
Nada más que viviendo. 
Limpiando y reconstruyendo lo que dejaron hecho un estropicio en su apuro por partir.
Viviendo como si la tierra fuera el paraíso. O algo así, tampoco hay que idealizar las cosas.
Lo importante es que haya un nuevo comienzo.
Qué bueno que hayan encontrado agua en Plutón hace más de cien años.

Tal vez debiéramos convertir a Plutón en deidad.
Si no fuera por Plutón, todavía estaríamos soportándolos.